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¿El coronavirus y el aprobado general en la educación?

Manuel Parra Celaya.  La pandemia del Covid 19 y el consiguiente estado de alarma y confinamiento decretados ha producido una situación insólita de paralización de la vida social española, en muchos casos similar a lo ocurrido en otras naciones; ha sido un fenómeno a escala global, y del mismo carácter y amplitud serán las consecuencias, pero en algunos casos, como en el nuestro, la reparación se anuncia más difícil.
    Se puede definir como un atrofiamiento de todos los sectores y ámbitos de la vida nacional, y en algunos de ellos, como en el económico, costará Dios y ayuda salir adelante; los augurios del Banco de España y de varias instituciones internacionales no son nada halagüeñas al respecto; nos imaginamos que, al formularlas, tienen en cuenta la fiabilidad y eficacia den los gestores que nos han tocado en suerte, pero no vamos a insistir en ello…
    Pero, ¿y la educación? Suspendidas todas las actividades docentes y cerradas las aulas desde el 14 de marzo, y todavía sin fecha prevista para la reanudación de aquellas y la apertura de estas, niños y jóvenes permanecen confinados en sus domicilios y los centros tal como dice aquella canción de la tuna que estaba Fonseca.
    Claro que, en nuestro caso, los libros no están empeñados, ni los ordenadores, y el remedio de emergencia ha sido el uso de las redes sociales para sustituir las clases presenciales; quien más, quien menos, los alumnos, desde la Primaria hasta la Universidad, acostumbran a ser duchos en el manejo de los recursos informáticos, muchas veces más que el profesorado adulto y veterano, y lo digo por propia experiencia.
    Me consta que los antiguos compañeros, con los que sigo en contacto, y los familiares dedicados al gremio de la enseñanza cumplen con creces sus cometidos a distancia, en verdaderas jornadas laborales, muchas veces con horarios generosos por su parte: apuntes, textos, referencias, trabajos, correcciones, controles…,incluso alguna clase magistral por videoconferencia, han sido y son constantes, como recursos imprescindibles para que nadie, que le echase voluntad y tiempo, perdiese el curso escolar por culpa del maldito coronavirus.
    No obstante, el Conseller d´Educació de Cataluña se opuso desde el principio a las clases telemáticas, argumentando que existía una brecha digital, pues no todos los alumnos harían uso de este remedio para seguir el curso y, en consecuencia, se trataba de un procedimiento que aumentaría la falta de equidad. Luego, se fueron sucediendo los mensajes contradictorios, al socaire de las conveniencias políticas de los nacionalistas en su pugna constante con las instituciones nacionales.
    Se puede decir que la sociedad civil, representada en los profesores, tomó la iniciativa y suplantó a la estúpida sociedad política: cada centro educativo se organizó, y los docentes se dispusieron a un trabajo constante con sus alumnos; ningún estudiante -repito: que quiso- quedó desconectado, por lo menos en los círculos desde los que me han llegado informaciones. Y esto referido a la pública (donde no suelen asistir precisamente los hijos de los políticos), y me imagino que tampoco en la privada y en la concertada hubo vacilaciones al respecto.
    A pesar del esfuerzo de la pública, no cabe duda de que la privada y la concertada llevarán la delantera en cuanto a la preparación de sus alumnos, al no depender tan directamente de las vacilaciones de la Administración catalana; así, se aumentará la distancia social que no dejan de esgrimir los políticos para justificar demagógicamente.
    Pero la solución oficial definitiva desde el Ministerio -me entero de que desgajado, de la Comunidad de Madrid tiene sus propias ideas- va a ser, si no, al tiempo, la tristemente sospechada: el aprobado general. Es decir, el pase de curso automático sin comprobación del trabajo de los alumnos, del esfuerzo de los profesores y de la valoración entre enseñanza y aprendizaje de conocimientos y técnicas. Se encontrarán, así, con un regalo los posibles beneficiarios el día de mañana del ingreso mínimo vital, que corresponderán con los llamados actualmente ni-ni.
    El aprobado general previsible puede ser preocupante en la Primaria, injusto en la Secundaria Obligatoria, grave en el Bachillerato (¿con que niveles accederán a las Facultades?) y catastrófico en la Formación Profesional.
    Esta última rama ya era injustamente considerada como el refugio pecatorum de quienes no iban a seguir estudios universitarios, pero ahora se le dará una vuelta de tuerca más en el menosprecio y descrédito social, al sospechar justificadamente lagunas garrafales en las diversas especialidades. ¿Nos fiaremos de instaladores de frío y calor o de gas y electricidad, de técnicos de mantenimiento en las empresas, de mecánicos en talleres de automoción, de sanitarios, programadores o carpinteros que no han llevado a cabo, como mínimo, unas prácticas junto a las enseñanzas teóricas recibidas telemáticamente?
    El fracaso del sistema educativo español debe muchísimo a la permisividad de las Administraciones educativas, esa que exigía que no constaran muchos insuficientes en las estadísticas oficiales, que se evaluara atendiendo a las capacidades diversas, que se pasase de curso con suspensos en la ESO y en el Bachillerato…Junto a ello, la tónica del igualitarismo a la baja, el dogmatismo de las teorías psicologistas, el interés de partido y de ideología por encima de los intereses de los estudiantes y de la sociedad. Ni pacto educativo en lontananza ni posibles remedios para la época de confinamiento.
    Me llegan las noticias de que la oposición pretende recurrir la norma del Gobierno que pone en manos de las Comunidades Autónomas la decisión final sobre el pase de curso; en teoría es, pues, un tema no cerrado, pero mucho me temo que la tendencia seguirá siendo ese aprobado general para el curso 2019-2020. Al tiempo…

 

 

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