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Diario YA


 

¿Es oportuno, para Europa, un gobierno de izquierdas en España?

Miguel Massanet Bosch.
Europa, en horas bajas, corre el riesgo de caer en un populismo catastrófico para la UE.
No parece que, desde que la amenaza del “brexit” de la GB empezara a crear verdaderos problemas de entendimiento entre los socios de la UE, hayan dejado de producirse una sucesiva serie de conflictos que, directa o indirectamente, vienen condicionando hasta la propia continuidad de este gran proyecto en el que consiste el que, todos los países que se han venido sumando a él, hayan decidido ceder parte de su soberanía, empezando por sus propias monedas, para favorecer la creación de este ente supranacional que, aunque un tanto imperfecto, con lagunas legales importantes, dificultades en superar algunos atavismos nacionalistas y un fracaso rotundo en el intento de perfeccionar lo que en principio fue sólo una unión de carácter económico, acabara por constituirse, mediante la aprobación de una Constitución Europea capaz de unificar, completar o sustituir en lo necesario la diversidad de leyes supremas existentes actualmente, dentro del ámbito cada una de las naciones que integran la Unión Europea, por las que se siguen rigiendo, compatibilizándolas y adaptándolas, en su caso, con la normativa emanada desde los organismos legislativos superiores de la UE. No fue posible y de aquí la imperfección de un proyecto que pudo se exitoso.
No se puede decir que el estado actual de las relaciones políticas mundiales, tanto internas de cada país, como en cuanto a relaciones con el resto de países, se puedan considerar propicias a entendimientos y esta misma circunstancia se puede considerar en cuanto a lo que serían las relaciones entre los distintos bloques formados por lo que se podrían considerar intereses económicos entre ellos; afinidades derivadas de idearios políticos comunes o cercanos; consideraciones  militares respecto a una defensa común o a aspiraciones de expansión sobre territorios ajenos que los pudieran beneficiar; explotaciones conjuntas o complementarias de productos y uniones comerciales que les permitieran la optimización de sus resultados económicos etc. En realidad existen en la actualidad demasiados puntos de colisión, focos de enfrentamiento, peligrosos choques de intereses, potentes monopolios internacionales interesados en desestabilizar diferentes regiones de la tierra; grupos étnicos político-religiosos que reivindican recuperar zonas o países que, una vez en el pasado, fueron gobernadas por sus antepasados.
Tampoco son ajenos, al contrario, a la inquietud que se está apoderando de una parte de los pobladores de este mundo, la reavivación de determinadas doctrinas políticas que, durante un tiempo, con el derrumbamiento del régimen soviético, pareció que habían entrado en una crisis definitiva y que, desgraciadamente, por la torpeza de dirigentes corruptos, por incompetencia de los gobiernos conservadores o por la labor soterrada de revolucionarios, separatistas, antisistema y, en algunos casos, del terrorismo internacional; han conseguido que países que gozaban de una democracia tranquila y estable; hayan caído, de nuevo,  en la trampa de aquellos que saben cómo movilizar a las masas en su provecho, ofreciendo aquello que conocen que desea la gente aunque no mencionen las contrapartidas que van a ser necesarias para poder  cumplir sus promesas. En España, en estos momentos, estamos a punto de caer en este doble engaño. Los comunistas, perdedores en las pasadas legislativas, han conseguido convertirse en esenciales para el partido vencedor, el PSOE, y, por su parte, los soberanistas catalanes, siendo una minoría, son la clave para que el intrigante, voluble, incorregible y ególatra Pedro Sánchez pueda conseguir su máxima aspiración, para lo cual no va a tener el más mínimo reparo en concederles aquellas exigencias que vayan en la línea de sus aspiraciones últimas que, como de todos es sabido, consisten en conseguir la independencia de Cataluña.
Sin embargo, el problema catalán, no deja de ser uno más de los que preocupan a la UE. Pensemos en lo que le está sucediendo al partido democristiano de la señora Merkel, en Alemania. La victoria de dos representantes escorados a la izquierda del SPD en las recientes elecciones para la presidencia del partido que ha producido un gran vuelco, un alejamiento significativo del espíritu centristas que, hasta ahora, había imperado en el SPD. Walter-Borjans y Saskia Esken son dos personajes de antecedentes de radicalmente antiliberales y muy críticos con el acuerdo de su partido para gobernar conjuntamente con los democristianos de Merkel. Alemania sigue siendo considerada el motor de Europa y cualquier cambio en la política de impulsora de la unión europea, pudiera significar un peligroso obstáculo para la continuidad de esta unión que, precisamente, está empezando a mostrar, como sucede en Francia, peligrosos cambios que demuestran que el populismo, este movimiento de protesta en contra del conservadurismo, el capitalismo, las instituciones las tradicionales políticas económicas defendidas por los partidos tradicionales, parece que se va extendiendo, como demuestra la fuerza de los “chalecos amarillos”, que Macrón no ha conseguido contrarrestar y, el incremento de huelgas en contra de las decisiones del Gobierno que, una vez más, amenazan el jueves próximo por parar el transporte público, la enseñanza etc. intentado bloquear a todo el país.
Pero, junto a estos problemas internos Europa tiene que apechugar con una situación inestable
en Irán, enfrentado, a la vez, con Israel y el Irak con la particularidad de que tiene baterías de misiles situadas a 200 kilómetros de la frontera de Israel en países como Irak y, por si fuera poco se habla de que ha enviado modernos equipos a los terroristas de Hizbulá que pueden conseguir que, los viejos cohetes rusos de los que disponen, puedan mejorar sensiblemente, en especial en cuanto a su precisión de tirio. Ya no se trata de Trump y de su veto al petróleo iraní, sino que, en el caso de que se desatasen las hostilidades  entre Irak e Irán contra Israel, es evidente que los suministros de petróleo procedentes de Irán a Europa podrían quedar abruptamente interrumpidos.

No olvidemos lo que está sucediendo en Asia. El contencioso entre China y los EE.UU sigue preocupando seriamente a Europa. No está nada claro que los amagos de distensión entre ambas potencias acaben por solucionarse en un tratado por el que se restablezca la paz económica que está esperando el mundo occidental. Quedan pocos días para que el aumento de aranceles americanos a una serie de productos chinos empiece a ponerse en marcha, sin que, de momento haya señales explícitas de que vaya a suspenderse o, si fracasaran las conversaciones que se siguen manteniendo, se pudiera producir una crisis de tipo económico que llegaría afectar, con toda seguridad, a la economía mundial y, específicamente a la Europea. Hong Kong se ha convertido en una bomba de relojería que pudiera estallar en cualquier momento. El apoyo del presidente Trump a la causa de  los estudiantes rebeldes, aparte de servirles de incentivo y haberles infundido una dosis de optimismo que les ha podido compensar del reciente desalojo de los universitarios que se habían refugiado en el recinto universitario que, finalmente se vieron obligados a abandonar. Una difícil papeleta para el Gobierno Chino que, como es natural, ha acogido con indignación el apoyo del presidente de los EE.UU a los rebeldes de Hong Kong.

Si dirigimos la vida al oeste, vemos que Hispanoamérica, lejos de apaciguarse, sigue mostrando ser uno de los focos de enfrentamiento entre el indigenismo que se considera marginado y que no quieren perder los avances que dicen haber conseguido, con los regímenes autoritarios de Maduro o Evo Morales en Venezuela y Bolivia, frente a todos aquellos ciudadanos que han visto cómo, con los nuevos dirigentes totalitarios, lo único que han conseguido ha sido empobrecerse, perder el trabajo, que sus derechos civiles hayan sido recortados y que, en algunos de ellos, como Nicaragua o Venezuela, la violencia y el despotismo gubernamentales se hayan impuesto, creando un régimen de falta de libertades, incertidumbre y opresión, incompatibles con cualquier tipo de democracia.

Y, ante una situación tan complicada, en la que intervienen tantos factores distorsionantes, muchos de nosotros, los españoles, nos preguntamos si, verdaderamente, es el momento adecuado, la situación más conveniente o la opción más sensata para forzar, como lo está haciendo el señor Pedro Sánchez y su gobierno de circunstancias, un gobierno de izquierdas o, mejor dicho, de extrema izquierda, que deberá presentar ante una Europa, pendiente de la resolución del “brexit” británico, con un ojo puesto en lo que haga el señor Putín y vigilante de su frontera del Este, amenazada, no sólo por la invasión de inmigrantes retenidos en las fronteras de Hungría y Rumanía, sino por las posibles decisiones de la Turquía de Endorgan, que amenaza con abrir las puertas a los miles de refugiados que tiene acogidos, para que puedan dirigirse, en una nueva invasión, en busca de lugares mejores en los que vivir; con un nuevo gobierno en el que, aparte de los miembros del partido que sean designados para formar el nuevo ejecutivo, figuren miembros de Podemos, el partido comunista de Pablo Iglesias que, a su vez, figura con el cargo de vicepresidente y, para mayor Inri, apoyados ( no sabemos aún si van a formar parte del nuevo gobierno, lo que ya sería el colmo de la sinrazón) por ERC, cuyo dirigente está cumpliendo pena de prisión por haber cometido delito de sedición, junto al de malversación por los que deberá cumplir 13 años de condena. Mucho nos  tememos que no va a ser lo que esperaban en la UE y tememos que, en adelante, España vaya a tener que extremar sus precauciones para que se siga considerando como una nación de confianza entre los principales países que hoy tienen la máxima influencia en la UE.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, seguimos manteniendo que lo que nos espera si, realmente, se acaba aceptado el apoyo de investidura de Sánchez por los separatistas catalanes; no sólo va a ser la posible descomposición de la nación española, algo que espero que no se produzca por estar vigente una Constitución que no lo iba a permitir; sino que, si se aplican políticas como las que estamos llevando, de incremente del gasto público, descuido del déficit público estatal y autonómico y aumento desordenado de nuestra deuda pública, no vamos a tardar en ser reconvenidos por la CE y, en caso de ignorar el aviso, tendremos todas las probabilidades de que tengamos que abandonarla. Ninguno de los dos casos puede ser aceptado por los españoles. Pero ¿cómo evitarlo? Pues esto lo deberán decidir los españoles cuando llegue el momento.