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Diario YA


 

una ópera en cuatro actos

Billy Budd, la dicotomía entre el bien y el mal, la culpa y la expiación

Fotografia: Javier de Real

Luis de Haro Serrano

Tras el revulsivo que supuso la presentación del siempre llamativo “buque fantasma” de Wagner, el Real continúa con la programación operística del bicentenario dando paso al “Billy Budd” de Benjamin Britten, no tan popular como su “Peter Grimes”, pero sí dotado de unos valores musicales y dramáticos que, desde el principio, convencieron al actual director artístico, Juan Mataboch, para encuadrarlo con todos los honores en esta justificada celebración.

 

Originalmente Billy Budd era una ópera en cuatro actos (en su versión revisada- que es la que el Real ofrece- ha sido reducida a dos, más un prólogo y un epílogo) realizada por Britten respondiendo al encargo de la Royal Opera House para su “Festival of Britain” de 1951, centrado en el relato, póstumo e inacabado, “Billy Budd Foretoman” de Herman Melville - autor de “Moby Dick”-. Una narración que, además de abordar el tema de la belleza juvenil relacionada con el atractivo homoxesual, desarrolla otras cuestiones como la confrontación entre el bien y el mal, la justicia y la ley, la transgresión y el orden, la culpa y la expiación. Temas muy del agrado de Britten.


El libreto, considerado como uno de los más perfectos de la literatura de la ópera, es obra del escritor inglés E. Morgan Foster –autor a su vez de obras como “habitación con vistas” o “pasaje a la India”, llevadas al cine por Erick Crosier.


La acción transcurre íntegramente a bordo del buque de guerra el "Indomable", durante el verano de 1797, etapa histórica en la que se iniciaron los primeros motines en las embarcaciones británicas, consecuencia de las nuevas ideas propiciadas por la Revolución francesa. El joven e inocente Billy Budd es reclutado forzosamente como marinero para dicha nave, convirtiéndose pronto en víctima de las sádicas manipulaciones del maestro de armas (John Claggart) que lo acusa de ser el instigador de un motín. Ante la injusta acusación, en un espontáneo acto de ira durante el careo con el capitán Vere, lo golpea y muere accidentalmente. Al no poder defenderse adecuadamente debido a su tartamudez, es condenado a muerte por el mismo Vere quien, a pesar de estar convencido de su inocencia debe aplicar rigurosamente las leyes del mar.


Como suele ser habitual en las obras del compositor, el desenlace de su contenido se resuelve en un particular ambiente de pesimismo. Vere, ya anciano, recuerda que, sin quererlo, ha vivido envuelto en un auténtico círculo de pasiones que le convirtieron en eje del bien o del mal. En una especie de flashback rememora su pasada conducta con Budd, planteándose la clásica dicotomía entre estos dos conceptos. Si fue culpable ¿de qué y por qué lo fue? Torturándose sobre lo que realizó y no debió hacer. Siendo anciano continúa preguntándose sobre algo que ya no tiene remedio. Recuerda los momentos previos a su muerte y cree que aquel hombre –jóven, generoso, bien parecido, casi prototipo de la belleza-, al que fue incapaz de salvar, en su última mirada le bendijo, dándose cuenta de que gracias a esta generosa acción consigue descubrir lo que es la verdadera bondad, por lo que, definitivamente, puede quedar en paz consigo mismo. Para Matabosch, el tartamudeo de Budd no es un signo de imperfección ante la presencia del mal; es la incapacidad de la inocencia de luchar contra las fuerzas de lo siniestro.


Como en su precedente obra, Britten recurre nusicalmente a la utilización de una orquestación sinfónica, consiguiendo así un clima melódico denso y llamativo. El origen de su música hay que buscarlo más en la melodía eslava que en la inglesa. Un estilo muy apreciado por las aficionados de Londres. La orquestación de la partitura resulta en algunos momentos dura y gris, pero cargada de motivos sonoros destinados a descifrar los aspectos sicológicos propios del gran triángulo de sus protagonistas –Budd, el capitán Vere y Claggart-, prototipo del mal. Britten da voz a los integrantes de este buque infernal con una admirable escritura vocal acompañada por una magistral orquestación. Utiliza la gran orquesta como si fuera una agrupación de música de cámara, buscando el color sonoro más apropiado para cada momento dramático, en detrimento de la utilización de la masa orquestal, que incluye un variado número de instrumentos solistas, una esmerada selección de metales, así como diversos elementos de percusión que precisan seis intérpretes. Una vez más el compositor recurre a los interludios orquestales, que adquieren especial transcendencia cuando la música llega donde no alcanzan las palabras.


Al utilizar solo voces masculinas una de las dificultades que tiene para dar brillo y variedad a la partitura la resolvió ingeniosamente haciendo que no coincidan nunca en la misma escena dos intérpretes del mismo registro. Britten muestra con ello sus particulares habilidades con el contrapunto, los números de conjunto y el uso del piano en los recitativos.


El estreno, dirigido por el mismo compositor, que tuvo lugar el 1 de enero de 1951 en el Covent Garden de Londres, le consagró internacionalmente, presentándose poco después en la Lyrico Ópera de Chicago, reponiéndose en el Metropolitan ocho años más tarde, después en la Wiener Staatsoper, la Ópera de París, San Francisco, el Liceo de Barcelona, Los Angeles, Pittsburgh, Bilbao, Sidney y otros grandes escenarios. Para el Real es un estreno absoluto que ofrece con una producción propia en coproducción con la Ópera de París y la Nacional de Finlandia.


Hoy se representa poco: según las estadísticas de Operabase aparece como la nº 181 de las representadas entre 2005-2010, siendo la 19 en el Reino Unido y la octava de Britten, con 16 representaciones.

Su atractivo dramático dio lugar a que en 1962 fuera llevada también al cine con el título de “La fragata infernal”, dirigida y protagonizada por Peter Ustinov y Terence Stamp como Budd.

 

Puesta en escena

Para su presentación, La directora inglesa Deborah Warner ha creado una producción de gran simbolismo, enorme complejidad técnica y un significativo y difícil movimiento escénico , transformando el tumultuoso barco en una inmensa cárcel flotante, que refuerza la universalidad de la obra. Su deseo no es recrearse en la presentación – más o menos acertada- de un barco en contínuo movimiento sino, lo más importante, dar cobijo en él a una historia en la que lo verdaderamente peligroso es ser diferente. La mitad del barco, imaginariamente, está anclada en el presente y la otra en el pasado.

 

Ivor Bolton, gran especialista en la música inglesa y, más concretamente, en la de Britten, ha realizado una delicada e impecable versión, perfectamente adecuada al fuerte dramatismo que exige la partitura, con una orquesta y un coro impecables, al que se han unido las voces de los Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid para reflejar con más realismo la bondad y dulzura del carácter de Budd. Excelente y muy efectista la iluminación de Jean Kalman y muy luminosa y elegante la voz del barítono indio Jacques Imbrailo como Billy Budd, muy convincente también en la parte dramática del epílogo.