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Diario YA


 

Con su victoria, Trump ha demostrado que se puede derrotar al leviatánico poder del imperio mediático

Yes, we can, Mister Trump

Laureano Benítez Grande-Caballero Ya he dicho en alguna ocasión que, cuando una abrumadora mayoría de los medios de comunicación son unánimes a la hora de publicitar una idea o línea de pensamiento merced a un gigantesco lavado de cerebro, siempre sospecho que ahí hay tomate, gato encerrado, y un pestilente olor a chamusquina y a podrido que me hace indagar en los entresijos y los misterios que se esconden tras esas campañas mediáticas.

Y siempre llego a la misma conclusión, lo cual no demuestra ni mucho menos que sea un experto rastreador, ni un vidente iluminado, ya que es evidente que la ponzoña que se esconde tras estas obras de ingeniería social siempre apunta al mismo horizonte: la plutocracia globalista que conspira por el Nuevo Orden Mundial, que posee y controla la práctica totalidad del imperio mediático del mundo, y a la que, por consiguiente, hay que atribuir las perversas directrices que anidan en sus devastadoras maniobras de «instrucción pública».

Esta élite maquiavélica es la que ha apadrinado a los podemitas en nuestro país, promocionándoles descarada e impúdicamente en sus contubernios mediáticos, y la que asimismo apoya a todos los movimientos antisistema de Europa y América, con el fin de desguazar la estabilidad de las sociedades con sus contravalores, de marcado tinte luciferino. Es la misma mafia que ha lanzado a toda máquina la campaña mundial por la ideología de género y el aborto ―la cual, por cierto, tiene a la derrotada Clinton como musa suprema―; es la misma casta que ha presentado en todos los medios de comunicación a Trump como el Anticristo, como un Rasputín con tupé, como la Bestia del Apocalipsis, acusándole con un sinfín de calificativos despectivos, desde loco a insensato, desde xenófobo a misógino, considerándole una amenaza para el mundo.

Desde luego, un personaje como Trump sí es una amenaza para su mundo, el mundo de la globalización, de la disolución de las identidades nacionales, las cuales son un obstáculo para la mundialización de la tecnocracia despótica que aspira a regir los destinos del mundo. Por eso, los nacionalismos y patriotismos son anatema para los capitostes y jerarcas del NOM. Justo lo que predica Trump. Le llaman proteccionismo, pero en realidad es patriotismo, defensa de los valores nacionales, oposición a ser engullidos por el apocalíptico Leviatán de la globalización. El Brexit y los gobiernos nacionalistas de derecha que triunfan en Europa son un síntoma más de que las poblaciones de las democracias occidentales no están dispuestas a disolver sus identidades nacionales en el perverso agujero negro del NOM. Es una rebelión en toda regla contra las imposiciones de los lobbies supranacionales, que usurpan la soberanía nacional y destruyen la identidad de los pueblos.

Hasta los medios de comunicación de la derecha han participado en la descarada campaña de asalto y derribo a Trump. Incluso los mismos republicanos se avergonzaban de su candidato, y le pedían que se retirase, especialmente después de que saliera a la luz su presunto machismo. El abrumador complot anti-Trump pretende asustarnos diciendo que el nuevo presidente será una amenaza para la estabilidad del mundo. Sin embargo, se pasa por alto que la verdadera «amazona» del apocalipsis ha sido la señora Clinton, bajo cuya égida como Secretaria de Estado surgió el Armagedón terrorista del Daesh, la horrible carnicería que hoy amenaza a Occidente, sin que Obama haya puesto un excesivo empeño en erradicarla.

Es más, las satrapías de los países del Golfo Pérsico ―que no han acogido a un solo refugiado sirio― han dado jugosas donaciones a la fundación Clinton, a la vez que son bastante sospechosas de financiar y armar al Estado Islámico. El caso es que Hillary estaba ahí cuando empezó el maremágnum de las «primaveras árabes»: ¿casualidad? Tampoco nadie parece haberse dado cuenta de que la Clinton es miembro de honor de «skull&bones», sociedad iniciática y masónica ―según consta en el mismo «Wikipedia»―, a la que pertenece la dinastía Bush. Si Trump era el candidato de la América profunda, Hillary era la candidata del profundo Wall Street, que la financió generosamente.

Desde este punto de vista, es entendible la mundialista campaña de desprestigio de Trump, puesto que las élites financieras que controlan el mundo habían hecho de Hillary la candidata que defendiera sus intereses, entre los cuales figuraban las leyes de género, abortos a gran escala, y la afirmación ―en declaraciones de la misma Clinton― de que el Estado debía emplear sus «recursos coercitivos» para controlar las ideologías religiosas. Blanco y en botella. Así que con esta perspectiva se entiende perfectamente que las bolsas y los mercados financieros ―manejados por la castocracia globalista― estén tiritando con la incertidumbre de la política que seguirá este «outsider», que amenaza con un proteccionismo que está justo en las antípodas del NOM. De ahí su descarada campaña para acabar con él. Pero no lo han conseguido.

Con su victoria, Trump ha demostrado que se puede derrotar al leviatánico poder del imperio mediático. Yes, Mr. Trump: we can.

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