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Diario YA


 

cuyos crímenes la Generalitat omite deliberadamente en las biografías oficiales

Lluís Companys como referente de los separatistas catalanes

Pedro Sáez Martínez de Ubago. Hace pocos días, el 15 de octubre, todos pudimos ser testigos a través de los medios de comunicación y redes sociales de cómo una ofrenda floral en el Fossar de Santa Eulàlia, en el castillo de Montjuic, donde fue fusilado Lluís Companys, se convertía en toda una demanda de soberanía de la República Catalana por parte de ERC y PDeCAT, quienes aprovecharon la fecha y la ocasión para reivindicar la dignidad y la libertad de Catalunya y la continuidad de las instituciones catalanas ante una eventual suspensión de la autonomía como consecuencia del despliegue del Artículo 155 de la Constitución.

Fue Alfred Bosch, portavoz del grupo municipal en el Ayuntamiento de Barcelona, quien hizo un paralelismo entre la situación de la muerte de Companys y la que se vive en estos momentos, afirmando que es la misma estrategia la que usó el régimen franquista en su día y la que usa ahora el Gobierno de Rajoy para advertir de que si Puigdemont que si declara la independencia deberá atenerse a las consecuencias.

Se dice que las comparaciones resultan odiosas, pero ya que el sedicioso separatismo catalán quiere entrar en ese juego, conviene recordar aquí algunos datos que ilustran desde la verdadera Memoria Histórica quién fue, en realidad, Lluís Companys, un asesino a quien hoy se nos quiere vender como venerable paradigma de la libertad del pueblo catalán, cuyos crímenes la Generalitat omite deliberadamente en las biografías oficiales de quien en los revueltos años de la Segunda República Española fuera un antecesor de Carles Puigdemont.

En este sentido, con ánimo de rescatar la verdad y, a su luz, intentar aclarar la realidad del presente momento histórico, esbozaré unas pinceladas de la biografía del tan llorado Companys y algunas de sus hazañas, centrándome en los muertos provocados por el golpe de Estado separatista encabezado por Companys y los miles de asesinatos cometidos bajo su mando en la Guerra Civil. La misma falsificación de la historia que hoy se enseña a los alumnos de numerosos centros educativos catalanes. Comenzaré por destacar que los desmanes de Companys se iniciaron tras la victoria del centroderecha en noviembre de 1933 y que son las primeras elecciones con voto femenino celebradas en la historia de España.

Descontento con el resultado de las urnas Lluís Companys encabezó un golpe de Estado separatista contra la Segunda República el 6 octubre 1934. Esa misma noche grupos paramillitares partidarios del golpe separatista salieron armados a las calles equipados con fusiles, levantaron barricadas y abrieron fuego contra los militares fieles a la República que, siguiendo órdenes del presidente acudieron a la Rambla de Santa Mónica a leer el bando declarando el Estado de Guerra. Quizá aquí recibamos la primera lección de la historia, el gobierno de Niceto Alcalá Zamora, cuyo presidente del consejo de ministros era Alejandro Lerroux, no dudó en declarar el Estado de Guerra, mientras hoy Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Ribera parecen tener pánico a aplicar el artículo 155 de la Constitución.

Siguiendo con las hazañas de Companys, cuyo golpe de estado, apoyado por los Mozos de Escuadra, dejó 107 muertos. El equivalente de entonces a nuestro actual Tribunal Constitucional -el Tribunal de Garantías Constitucionales- tomó cartas en el asunto y el President y su gobierno fueron sometidos a juicio y condenados a 30 años de prisión. Volviendo a la comparación con hoy, aquéllos que no han sido procesados por estar aforados, gozan de libertad sin cargos pendientes de juicios o, ni siquiera han sido investigados por la Justicia. Con todo, Companys y los suyos sólo cumplieron unos meses de la condena, porque nada más llegar al poder el Frente Popular en febrero de 1936 y gracias a unas elecciones fraudulentas y amañadas, el nuevo gobierno de extrema izquierda, ateo y prosoviético, decretó la amnistía de todos los encarcelados por los golpes de Estado de Cataluña y Asturias de 1934.

Comparemos esto con las condenas cumplidas por los presuntos responsables de golpe incruento del 23 de febrero de 1981. Siguiendo con la siniestra historia de Lluís Companys, tras el Alzamiento militar del 18 de julio de 1936, el President, en vez de juzgar y encarcelar a los alzados como habían hecho con él, ordenó fusilar a 199 militares que participaron en el golpe en Barcelona. Esto marcaría el comienzo de más de tres años de un régimen de terror en los que Cataluña se convirtió en el escenario de una feroz represión contra derechistas, católicos y contra todo aquel que estorbaba al Govern de Catalunya y sus dirigentes. Baste decir que hasta fueron ejecutados cerca de un centenar de miembros de ERC que mostraban discrepancias con el curso de los acontecimientos.

Algo así, en la reciente historiografía sólo lo podemos encontrar en el Terror de Robespierre, la Nacht der langen Messer o “noche de los cuchillos largos” de la Alemania Nacional Socialista, en la Guerra Cristera de México, en la URSS durante las purgas de Stalin, más recientemente en los Jemeres Rojos de Pol Pot, el Estado Islámico o la actual Venezuela de Maduro, Corea del Norte y democracias semejantes. Si a otro compatriota y padre de nuestra Constitución se puede comparar el idolatrado Companys es a Santiago Carrillo, el comunista responsable, entre otras, de la matanza de Paracuellos de Jarama. El terror de Companys causó en sólo 3 años más muertos que la denostada Inquisición española en dos siglos. Bajo las órdenes expresas o con el consentimiento de Companys fueron asesinadas más de 8.000 personas por sus ideas políticas o creencias religiosas, muchas de ellas sin juicio previo.

Baste poner como ejemplo los asesinatos de 4 obispos, 1.536 sacerdotes (el 30% del clero catalán) cuyos sucesores hoy parecen poner el palio y la alfombra roja a Carles Puigdemont, y miles de seglares por el mero hecho de ser católicos; un religioso discapacitado fue ejecutado por saber latín; el catalanista Juan Rovira y Roure, alcalde de Lérida, por organizar una cabalgata de reyes, como las que ahora parodian los podemitas de Carmena… Companys envió a muchos presos políticos a campos de concentración, donde los más débiles sucumbían en infrahumanas condiciones y los que no podían trabajar eran asesinados. En la práctica, y ahí está la verdadera Memoria Histórica para corroboralo con la frialdad de unos datos estremecedores con los que no deseo extenderme más, el hoy mártir y ejemplar Companys actuó como un tirano totalitario, con absoluto desprecio por los derechos humanos, convirtiendo de hecho a Cataluña en una dictadura de extrema izquierda.

Que el nacionalismo haya “canonizado” a este salvaje Amín Dadá de los años 30, dedicándole homenajes institucionales, calles y blanqueando su figura en los libros de texto escolares es una muestra más de hasta qué punto esa ideología sectaria y mendaz falsifica la historia y eleva a sus altares a cualquier antidemócrata con tal de que profese el más visceral y profundo odio a España y a lo que nuestra patria representa. Contra esto, a caballo entre el 12 de octubre, día de la Hispanidad y el 6 de noviembre, día de los Mártires de la persecución religiosa en la II República, deseo sacar a relucir a pensadores como Manuel García Morente y Ramiro de Maeztu. Para García Morente, la esencia de lo hispánico es un estilo, una modalidad singular, diferente de otros ideales colectivos.

Ramiro de Maeztu, en su Defensa de la Hispanidad descubrió que la cualidad propia constitutiva del humanismo español es la fe profunda en la igualdad esencial de todos los hombres. Además, que su origen está en una verdad católica: todo pecado puede recibir la redención y todo justo, en este mundo, puede no ser fiel a la gracia. En efecto, el español no cree ni en razas ni pueblos superiores. Lo hispánico es reconocer y respetar la dignidad de todos los hombres. Por esa razón, tanto Maeztu como García Morente creen que los ideales hispánicos, por ser esenciales, de manera parecida como es la idea de justicia, trascienden el espacio y el tiempo y permanecen, aunque en un determinado momento, por ejemplo, pocos o incluso ninguno sea justo. La actual crisis de Cataluña nos debería ayudar a recuperar la memoria de los valores hispánicos.

Llegados a este punto, y centrándonos en el problema de qué es la raza, vemos que el vocablo RAZA tiene diferentes usos. Según la biología, hay un género, el humano, varias razas (blanca, negra, amarilla...) más subespecies ( blanca celta , blanca eslava, blanca judía...) lo que, sin dejar de ser cierto, se opone a otros principios no menos ciertos, como el que dice: sólo hay una raza, la raza de los hijos de Dios, como dice san Pablo, “ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28) y sólo en tal creencia se fundamenta que personas tan dispares en lugares tan distantes celebremos el Día de la raza o de la Hispanidad. Aquí cabe preguntarse, si trascendemos los valores materiales y buscamos en la persona su componente espiritual e intelectivo ¿No encontraremos elementos como la lengua, la cultura, la religión, el folklore... que son, en sí y por sí, más importantes que el color de la piel o el RH sanguíneo?

Respondiendo a esto, podrá comprenderse que nuestros hermanos de Hispanoamérica celebren el doce de octubre el Día de la raza, aunqua a algunos españoles les apure llamarlo así. Quizá sea una explicación el que no tengan una conciencia histórica clara, o la poca que se tiene suele ser la que se nos quiere imponer desde fuera, quizá, para matar el espíritu y cortar las alas que cantaba Rubén Darío al decir “¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos / y que el alma española juzgue áptera ciega y tullida?”

Sólo con esta respuesta puede explicarse que cada vez se hable menos de España y más del Estado de las Autonomías; que los españoles seamos los únicos europeos que nos creamos la “leyenda negra”; que el Gobierno de España cierre los ojos a América para tender las manos mendicantes a Unión Europea, pasando de poner picas en Flandes a soportar que nos piquen en Bruselas o Estrasburgo. Culpables de esto, a mi entender, son las últimas reformas educativas –quizá la educación y la cultura, con o sin la aplicación del Artículo 155, sean materias y competencias que el Gobierno del Reino de España nunca debería haber transferido o delegado en las CCAA- particularmente en lo concerniente a las humanidades, se ha suprimido lo que, para la formación integral de la persona aportan materias como griego, latín, arte, música, filosofía, literatura, historia.

Con estos conocimientos los jóvenes de hoy, hombres de mañana, podrían comprender mejor quiénes y qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos y hacia dónde deberíamos ir. Así se entendería que América es para España, no sólo la anchura del mundo mejor abierta a su influencia cultural, sino uno de los mejores títulos que España puede alegar para reclamar un puesto preeminente en Europa y en el mundo. Así se entendería mejor que España es varia y es plural pero sus pueblos varios, con sus lenguas, sus usos, sus características están unidos irrevocablemente en una unidad de destino en lo universal. Así se podrá interpretar en su verdadero sentido el hecho de que Rubén Darío, nicaragüense universal de origen mestizo, titulara un poema Salutación del optimista y lo concluyera con estos versos: “Un continente y otro renovando las viejas prosapias,/ en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,/ ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos./ Latina estirpe verá la gran alba futura,/ en un trueno de música gloriosa , millones de labios/ saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente ,/ Oriente augusto en donde todo lo cambia y renueva/ la eternidad de Dios, la actividad infinita./ Y así sea esperanza la visión permanente en nosotros./ ¡Ínclitas razas ubérrimas , sangre de Hispania fecunda!”.

Como enseña Ramiro de Maeztu: “La patria es un patrimonio espiritual en parte visible, porque también el espíritu del hombre encarna en la materia, y ahí están para atestiguarlo las obras de arte plástico: iglesias, monumentos, esculturas, pinturas, mobiliario, jardines; y las utilitarias, como caminos, ciudades, viviendas, plantaciones; pero en parte invisible, como el idioma, la música, la literatura, la tradición, las hazañas históricas, y en parte visible e invisible, alternativamente, como las costumbres y los gustos. Todo ello junto hace de cada patria un tesoro de valor universal, cuya custodia corresponde a un pueblo. Mejor fuera decir que cada patria viviente es una sinfonía inacabada, que cada hombre conoce y siente más o menos en proporción de su memoria y su afición. Hay almas que recuerdan muchos más compases que las otras y las que mejor se saben la música ya oída suelen ser las que más intensamente anhelan la que les falta oír y las más capaces de componerla. A

l decir que la patria es una sinfonía o sistema de hazañas y valores culturales, queda rechazada la pretensión que desearía fundar exclusivamente las naciones en la voluntad de los habitantes de una región cualquiera, ya constituidos en Estado independiente o deseosos de hacerlo. Y es que si las naciones no se basan más que en la voluntad, pueden triunfar los cantonalismos más absurdos, si la doctrina imperante es la de que los derechos a la soberanía sólo se basan en la voluntad de quien los alega. Lo que hay es valores colectivos cuya conservación interesa a los individuos y a las familias y a los pueblos. Por eso es insuficiente el patriotismo que sólo se refiere a la tierra o a nuestros compatriotas, aunque sea muy provechoso estimularlo todo lo posible”. Mucho es por consiguiente lo que no de Companys sino de Ramiro de Maeztu deberíamos aprender todos los españoles y, particularmente, los actuales separatistas vascos y catalanes.

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