Principal

Diario YA


 

Salvador Dalí (y II)

José Luis Jiménez. 30 de enero. 

La semana pasada, al hacerme eco del 20 aniversario del fallecimiento de Dalí, escribí que dedicaría algún comentario más hacia el genio ampurdanés. El adentrarse en la vida y obra del artista requiere varios libros. Pero quiero dejar aquí, al menos unos mínimos retazos de su vertiente  humana, especialmente en lo que a su primera época se refiere. Posiblemente el acercarnos a lo que él pensaba y decía de si mismo es interesante. Y para ello nada mejor que acercarnos a su autobiografía <<Vida secreta de Salvador Dalí>>. La concluyó el 30 de julio de 1941, en Hampton Manor, ilustrada por él mismo. Tuvo poco éxito de venta. Pero en la perspectiva de casi setenta años, y conociendo su trayectoria vital, puede ser muy ilustrativa, especialmente por conocer de primera mano sus propias ideas.

Dalí comienza diciendo algo que se repetiría cada vez que alguien se refiere a él: <<A los seis años quería ser cocinero. A los siete quería ser Napoleón. Mi ambición ha ido aumentando sin parar desde entonces>>. Y concluye: <<Tengo treinta y siete años. Es el día 30 de julio de 1941, día en el que prometí a mi editor que estaría terminado mi manuscrito. Estoy completamente desnudo y solo en mi pieza de Hampton Manor. Me acerco al espejo del armario y miro; mi cabello es todavía negro como el ébano, mis pies no conocen todavía el degradante estigma de un solo callo; mi cuerpo se parece exactamente al de mi adolescencia, salvo mi vientre, que ha crecido. No estoy en vísperas de un viaje a China ni tengo intención de divorciarme; tampoco pienso en suicidarme ni en lanzarme a un precipicio asido a la cálida placenta de un paracaídas de seda para intentar nacer de nuevo; no deseo batirme en duelo con nadie ni por nada; solo deseo dos cosas: primero, amar a Gala, mi esposa, y segundo, esta cosa inevitable, tan difícil y tan poco deseada: envejecer>>. Continúa <<Y a ti también, Europa `puedo yo hallarte a mi regreso un poco envejecida por todo "eso". De pequeño era malo, crecí bajo la sombra del mal y aún continuo haciendo sufrir>>.

Sigue con una declaración de amor y una referencia a la Iglesia católica: <<Pero desde hace un año sé que he empezado a amar a la persona que ha estado casada conmigo durante siete años, y empiezo a amarla como manda la Iglesia católica, apostólica y romana, según su concepto del amor. El amor católico, dice Unamuno, es: "Si tu mujer siente dolor en su pierna izquierda, sentirás el mismo dolor en tu pierna izquierda".

<<Soy la encarnación representativa de la Europa de posguerra; viví todas sus aventuras y sus experimentos, todos sus dramas. Como protagonista de la revolución surrealista, conocí día a día los más leves e incidentes y repercusiones de la evolución práctica del materialismo dialéctico y de las doctrinas pseudofilosóficas basadas en los mitos de la sangre y la cara del nacionalsocialismo; estudié largo tiempo la Teología. Y en cada uno de los ideológicos atajos de mi cerebro hube de tomar para siempre el primero, tuve que pagarlo caro, con la negra moneda de mis sudores y pasiones. Pero participé, con el lúcido fanatismo característico de un español, en todas las investigaciones especulativas, aún las más contradictorias; jamás en mi vida quise, en cambio, pertenecer a ningún partido político. ¿Y cómo lo querría ahora, hoy, que la política está ya siendo devorada por la religión?

<<Desde 1929 he estudiado incesantemente los procesos, los descubrimientos de las ciencias especiales de los últimos años. Si no me fue posible explorar todos sus rincones a causa de su monstruosa especialización, comprendí su significado tan bien como el primero. Una cosa es cierta: nada, descubrimientos filosóficos, estéticos, morfológicos, biológicos o morales de nuestra época, niega la religión. Por el contrario, la arquitectura del templo de las ciencias especiales tiene todas sus ventanas abiertas al cielo>>

<<El cielo es lo que estuve buscando a lo largo y a través de la espesura de confusa y demoníaca carne de mi vida -¡el cielo!-. ¡Ay de aquél que todavía no ha comprendido eso! Cuando con mi muleta hurgaba en la pútrida y agusanada masa de mi erizo muerto, era el cielo lo que yo buscaba. Cuando desde lo alto de Moli de la Torre, hundía la mirada en el negro vacío, también y todavía buscaba el cielo. ¡Gala tú eres la realidad! Y ¿qué es el cielo? ¿Dónde se encuentra? "El cielo se encuentra ni arriba ni abajo, ni a la derecha ni a la izquierda; el cielo se halla exactamente en el centro del pecho del hombre que tiene fe. En este momento todavía no tengo fe y temo que moriré sin cielo">> 

 

Etiquetas:josé luis jiménez